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Authors: Anaïs Nin

Tags: #Eros

Delta de Venus (3 page)

BOOK: Delta de Venus
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En otra ocasión, cuando acudieron a jugar con él, ocultó las manos bajo la colcha.

Después, levantó la ropa con el dedo índice y las desafió a que se lo agarraran. Con gran entusiasmo, empezaron la caza del dedo, que desaparecía y reaparecía en distintas partes de la cama, cogiéndolo firmemente. Al cabo de un momento, no era el dedo, sino el pene lo que tomaban una y otra vez; tratando de liberarlo, el Barón lograba que lo agarraran cada vez con más fuerza. Desaparecía por entero bajo las cobijas, lo cogía con la mano y lo impulsaba hacia arriba para que se lo volvieran a coger.

Fingió ser un animal que pretendía agarrarlas y morderlas, y en ocasiones lo lograba muy cerca de donde se proponía hacerlo, con gran placer por parte de las chicas.

También jugaron al escondite. El «animal» tenía que saltar sobre ellas desde algún rincón oculto. Se escondió en el armario y se cubrió con ropa. Una de las niñas abrió, y él pudo mirarla por debajo de su vestido. La agarró y la mordió, jugueteando, en los muslos.

Tan acalorados eran los juegos, tanta la confusión de la batalla y el abandono de las chiquillas, que muy a menudo la mano del Barón iba a parar a los lugares que él quería.

Con el tiempo, el Barón se mudó, una vez más, pero sus elevados saltos de trapecio de fortuna en fortuna se deterioraron cuando sus demandas sexuales se hicieron más poderosas que las de dinero y poder. Parecía como si la fuerza de su deseo de mujeres ya no estuviera bajo su control. Estaba ansioso por desembarazarse de sus esposas, a fin de proseguir su búsqueda de sensaciones a través del mundo.

Un día se enteró de que la bailarina brasileña a la que amó había muerto a causa de una sobredosis de opio. Sus dos hijas, que tenían quince y dieciséis años respectivamente, deseaban que su padre se hiciera cargo de ellas. El Barón envió en su busca. Por entonces vivía en Nueva York, con una esposa de la que había tenido un hijo. La mujer no era feliz ante la idea de la llegada de las hijas de su rival.

Sentía celos por su hijo, que sólo contaba catorce años. Después de todas sus expediciones, el Barón aspiraba ahora a un hogar y a un descanso de sus apuros y de sus ostentaciones. Tenía una mujer que más bien le gustaba y tres hijos. La idea de reunirse con sus niñas le seducía. Las recibió con grandes demostraciones de afecto. Una era hermosa; la otra menos, pero también atractiva. Habían sido testigos de la vida de su madre, y no tenían nada de reprimidas ni de mojigatas.

La apostura de su padre las impresionó. El, por su parte, recordó sus juegos con las dos chiquillas en Roma; sólo que sus hijas eran un poco mayores, lo que añadía gran atractivo a la situación.

Les asignaron una ancha cama, y más tarde, cuando aún estaban hablando del viaje y del reencuentro con su padre, él entró en la habitación para darles las buenas noches. Se tendió a su lado y las besó. Ellas le devolvieron sus besos. Pero cuando volvió a besarlas, deslizó las manos a lo largo de sus cuerpos, que pudo sentir a través de los camisones.

Las caricias les gustaron.

—Qué guapas sois las dos —dijo—. Estoy muy orgulloso de vosotras. No puedo dejaros dormir solas; ¡hacía tanto tiempo que no os veía!

Sujetándolas paternalmente, con sus cabezas sobre el pecho, acariciándolas con gesto protector, dejó que se durmieran, una a cada lado. Sus jóvenes cuerpos, con sus pechitos apenas formados, le turbaron tanto que no pudo conciliar el sueño. Las acarició alternativamente, con movimientos gatunos para no molestarlas, pero al cabo de un momento su deseo se hizo tan violento, que despertó a una y empezó a forcejear con ella. La otra tampoco escapó. Resistieron y se lamentaron un poco, pero habían visto muchas cosas a lo largo de su vida junto a su madre, así que no se rebelaron.

Ahora bien, aquél no fue un caso vulgar de incesto, pues la furia sexual del Barón aumentó paulatinamente hasta convertirse en una obsesión. La satisfacción no le liberaba ni le calmaba. Era como un prurito. Después de acostarse con sus hijas poseía a su mujer.

Temía que las niñas le abandonaran y huyeran, de modo que las espiaba y, prácticamente, las tenía presas.

Su esposa lo descubrió y organizó violentas escenas, pero el Barón estaba como loco. Ya no cuidaba su forma de vestir, su elegancia, sus aventuras ni su fortuna.

Permanecía en casa y sólo pensaba en el momento en que podría tomar juntas a sus hijas. Les había enseñado todas las caricias imaginables. Aprendieron a besarse en presencia de su padre, hasta que se excitaba lo bastante y las poseía.

Pero su obsesión y sus excesos empezaron a pesar sobre él, y su esposa le abandonó.

Una noche, después de haberse despedido de sus hijas, erraba por el apartamento, presa aún del deseo, de fiebres eróticas y de fantasías. Había dejado a las chicas exhaustas, por lo que cayeron dormidas. Y ahora el deseo lo atormentaba de nuevo.

Cegado por él, abrió la puerta de la habitación de su hijo, que dormía tranquilamente boca arriba, con los labios entreabiertos. El Barón lo miró, fascinado. Su endurecido miembro continuaba atormentándolo. Tomó un taburete y lo colocó cerca del lecho.

Se arrodilló en él e introdujo el pene en la boca de su hijo. Este despertó, sofocado, y golpeó al Barón. También las muchachas despertaron.

La rebelión contra la insensatez paterna estalló, y abandonaron al ahora frenético y envejecido Barón.

Mathilde

Mathilde era sombrerera en París, y contaba apenas veinte años cuando la sedujo el Barón. Aunque la aventura no había durado más que dos semanas, en ese breve espacio de tiempo quedó imbuida, por contagio, de la filosofía de la vida y de la manera expeditiva de resolver los problemas propios del Barón. Algo que éste le dijo casualmente una noche la intrigaba: que las mujeres parisienses gozaban de la más elevada cotización en Sudamérica debido a su pericia en materia amorosa, a su vivacidad y a su talento, que las hacían contrastar acusadamente con muchas esposas de aquellos países. Estas aún cultivaban la tradición de mantenerse en un plano borroso y de obediencia, que diluía sus personalidades y que, posiblemente, se debía a la resistencia de los hombres a hacer de ellas unas amantes.

Al igual que el Barón, Mathilde desarrolló una fórmula para actuar en la vida como en una serie de papeles; o sea, diciéndose todas las mañanas, mientras se cepillaba su rubio pelo: «Hoy quiero ser tal o cual persona», y procediendo en consecuencia.

Un día decidió que deseaba ser una distinguida representante de un conocido modista parisiense e irse al Perú. Todo cuanto tenía que hacer era interpretar el papel. Así pues, se vistió con cuidado y se presentó con extraordinaria seguridad en casa del modista. El puesto de representante le fue concedido y se le entregó un pasaje de barco para Lima.

A bordo, se comportó como una embajadora francesa de la elegancia. Su innato talento para apreciar los buenos vinos, los buenos perfumes y los buenos vestidos la señalaron como una dama refinada. Su paladar era el de un
gourmet
.

Mathilde poseía sobrados encantos para realzar ese papel. Reía de continuo, le sucediera lo que le sucediera. Cuando se extraviaba una maleta, reía. Cuando la pisaban, reía.

Fue su risa lo que atrajo al representante de la naviera española, Dalvedo, quien la invitó a sentarse a la mesa del capitán. Dalvedo iba elegantemente vestido de esmoquin, se comportaba como si él mismo fuera el capitán y contaba anécdotas. La noche siguiente la sacó a bailar. Se daba perfecta cuenta de que el viaje no era lo bastante largo como para cortejar a la joven de forma usual, de modo que inmediatamente empezó a alabar el pequeño lunar de la mejilla de Mathilde. A medianoche le preguntó si le gustaban los higos chumbos. Ella nunca los había probado. Dalvedo le dijo que tenía algunos en su camarote.

Pero Mathilde quería realzar su valor mediante la resistencia, y se mantuvo en guardia cuando penetraron en él. Había rechazado con facilidad las manos audaces de los hombres con las que se rozaba mientras vendía las insidiosas caricias de los maridos de sus clientes, y los pellizcos en los pezones a cargo de los amigos que la invitaban al cine. Nada de eso le había causado ninguna sensación. Tenía una vaga pero tenaz idea de lo que la podía agitar. Deseaba ser cortejada con un lenguaje misterioso. Era su condición desde su primera aventura, ocurrida cuando sólo tenía dieciséis años.

Un escritor célebre había entrado un día en su tienda. No buscaba un sombrero, sino que preguntó si vendía unas flores luminosas de las que había oído hablar; unas flores que brillaban en la obscuridad. Las deseaba, explicó, para una mujer que brillaba en la obscuridad. Podía jurar que cuando la llevó al teatro y se sentó en la parte trasera del palco, sin luz, con su traje de noche, su piel era tan luminosa como la más fina de las conchas marinas, de un fulgor rosa pálido. Y él quería esas flores para que las llevara en el pelo.

Mathilde no las tenía. Pero en cuanto el hombre se hubo marchado, fue a mirarse al espejo. Esa era la clase de sentimiento que deseaba inspirar. ¿Podría? La tonalidad de su cutis no era de aquella clase; tenía más fuego que luz. Sus ojos eran ardientes, de color violeta. Llevaba el cabello teñido de rubio, pero proyectaba a su alrededor una sombra cobriza. Su piel era asimismo de color de cobre, firme y en absoluto transparente. Su cuerpo llenaba sus vestidos, ciñéndoselos plenamente. No llevaba corsé, pero su figura tenía la misma forma que si lo utilizara. Se arqueaba para sacar el pecho y elevar las nalgas.

El hombre volvió, pero esta vez no pretendió comprar nada. Permaneció de pie mirándola, sonriendo con su rostro alargado y finamente tallado, y entregándose, con sus gestos elegantes, al ritual de encender un cigarrillo.

—Esta vez he venido sólo para verla —dijo. El corazón de Mathilde latió tan aprisa, que sintió como si hubiera llegado el momento que esperaba desde hacía años. A punto estuvo de ponerse de puntillas para escuchar el resto de sus palabras. Sintió como si fuera la luminosa mujer que se sentaba atrás, en el palco obscuro, recibiendo las exóticas flores. Pero lo que el cortés escritor de pelo gris dijo con su aristocrática voz fue: —En cuanto la vi, se me levantó.

La crudeza de aquellas palabras fue como un insulto. Se ruborizó y lo abofeteó.

Esta escena se repitió en varias ocasiones. Mathilde advirtió que en su presencia los hombres solían enmudecer, privados de toda inclinación romántica a hacer la corte.

Palabras como aquéllas salían de sus bocas sólo con que la vieran. Su efecto era tan directo que todo cuanto podían expresar era su turbación física. En lugar de aceptar eso como un tributo, Mathilde se ofendía.

Ahora se hallaba en el camarote de Dalvedo, el afable español, que estaba pelando unos higos chumbos para ella y charlando. Mathilde fue recuperando la confianza.

Se sentó en el brazo de una silla, vestida con su traje de noche de terciopelo rojo.

Pero el acto de pelar los higos quedó interrumpido. Dalvedo se levantó y dijo:

—Tiene usted en su mejilla el más seductor de los lunares.

Ella pensó que trataría de besárselo, pero no lo hizo. Se desabrochó rápidamente, se sacó el miembro y, con el gesto que un apache dirigiría a una mujer de la calle, le ordenó:

—Arrodíllate.

Mathilde lo abofeteó y se dirigió a la puerta.

—No te vayas —imploró él—. Me has vuelto loco; mira en qué estado me has puesto.

Ya estaba así toda la noche, mientras bailábamos. No puedes dejarme ahora.

Trató de abrazarla. Mientras luchaba por librarse de él, Dalvedo eyaculó sobre su vestido. Tuvo que cubrirse con su capa para regresar a su camarote.

En cuanto Mathilde llegó a Lima, sin embargo, vio realizado su sueño. Los hombres se le acercaban con palabras floridas, disfrazando sus intenciones con gran encanto y ornamentos retóricos. Este preludio al acto sexual la satisfizo; le agradaba un poco de incienso. En Lima recibió mucho, pues formaba parte del ritual. Había sido elevada a un pedestal de poesía, de modo que su caída hacia el abrazo final podía parecer más que un milagro. Vendió muchas más noches que sombreros.

En esa época, Lima sufría la fuerte influencia de su numerosa población china.

Fumar opio estaba a la orden del día. Jóvenes ricos iban en pandilla de burdel en burdel, pasaban las noches en los fumaderos, donde había prostitutas disponibles, o alquilaban habitaciones completamente vacías en los barrios bajos, donde podían tomar drogas en grupo y ser visitados por las rameras.

A los jóvenes les gustaba ir a ver a Mathilde. Había transformado su tienda en un
budoir
, lleno de
chaises longues
, encajes y raso, cortinas y cojines. Martínez, un aristócrata peruano, la inició en el opio. Llevaba a sus amigos a fumar, y a veces pasaban dos o tres días perdidos para el mundo y para sus familias. Las cortinas permanecían cerradas. La atmósfera era obscura e invitaba a dormir. Compartían a Mathilde. El opio los volvía más voluptuosos que sensuales. Podían pasarse horas acariciándole las piernas. Uno de ellos le tomaba un seno, mientras que otro enterraba sus besos en la delicada carne del cuello, limitándose a presionar con los labios, porque el opio ampliaba todas las sensaciones. Un beso podía hacer temblar todo el cuerpo.

Mathilde yacía desnuda en el suelo. Todos los movimientos eran lentos. Tres de los cuatro jóvenes estaban echados entre los almohadones. Perezosamente, un dedo buscaba el sexo de la muchacha, penetraba en él y allí permanecía, entre los labios de la vulva, sin moverse. Otra mano lo pretendía también, se contentaba con describir círculos en torno suyo, y al cabo iba en busca de otro orificio.

Un hombre ofrecía su miembro a la boca de Mathilde. Ella lo succionaba lentamente; todo contacto era magnificado por la droga.

Luego, durante horas, podían yacer tranquilos, soñando.

Las imágenes eróticas se formaban de nuevo. Martínez comenzó a ver el cuerpo de una mujer, hinchado, sin cabeza; una mujer con los pechos de una balinesa, el vientre de una africana y las altas nalgas de una negra, todo confundido con una imagen de carne móvil; una carne que parecía hecha de materia elástica. Los erguidos senos se hinchaban en dirección a su boca, y su mano se extendía hacia ellos, pero entonces las demás partes del cuerpo se ensanchaban, se volvían prominentes y colgaban sobre el propio cuerpo de Martínez. Las piernas se separaban de una forma inhumana e imposible, como si las cercenaran de la mujer, a fin de dejar el sexo expuesto, abierto; como si alguien hubiera tomado un tulipán en la mano y lo abriera por completo, forzándolo.

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